Es verdad que con las cosas de comer no se juega, y sin embargo hemos hecho con ellas horribles locuras. Huyendo de ser toreros, nos hemos convertido en vaqueros infames; al tiempo que maldecimos con toda nuestra alma al matador de toros, nos convertimos en cómplices del torturador de vacas. Y de tanto guarrear con la comida, nuestra alma está más sucia que el palo de un gallinero. ¡Si sólo fuera nuestra alma! Pero el cuerpo, qué mal lo llevamos, ¡cuánta basura le estamos metiendo! Basura física y moral. Ya sé, Maga, que en esto no tienes arte ni parte: comes lo que yo te doy porque ya sabes cuál es tu condición, que intento que te sea lo menos gravosa posible. Y si no fuese ésa tu condición, comerías con la misma decencia que comen todos los demás carnívoros en la naturaleza. Sin excesos de crueldad como los más, y sin ñoñerías como los apóstoles de la bondad. Pero te digo: si no soy capaz de encontrar un término medio, entre los dos extremos prefiero mil veces este último.

Y formando parte del tremendo desquiciamiento humano en la forma de conseguir la comida, ahí está la aberrante explotación sexual de las hembras. ¡Cuánto dolor, Maga, cuánto dolor! La explotación de la hembra, siempre explotación sexual por ser hembra, alcanza niveles inenarrables de sadismo. Ya lo has visto: en el genial ecosistema humano, a las hembras nos toca la peor parte. ¡Qué mal resueltas están en nuestro maldito ecosistema, las dos necesidades esenciales de la vida: la alimentación y la reproducción. El genial invento humano para atender a la alimentación, es la esclavitud (hoy se la llama trabajo). Y para resolver la reproducción, el invento de nuestro ecosistema es la explotación sexual reproductiva a todo lo que dé de sí, si la reproducción es riqueza; y si la reproducción es impedimento para la riqueza, la solución es la represión de la función reproductiva. Así de genial es el ecosistema humano: siempre rompe la cuerda por lo más débil: ¡por dónde iba a ser, por las hembras! ¡Y menudo roto nos han hecho a las unas y a las otras! ¡Pobres vacas, pobres cerdas, pobres gallinas, pobres de nosotras!-

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