Únicamente celebramos la muerte de aquellos cuya vida ha sido valiosa. Por eso a la hora de memorar y conmemorar la vida de alguien, designamos para ello el día de su muerte, no el de su nacimiento: porque el valor de esas vidas culmina en el día de su muerte. Organizamos celebraciones mucho más grandiosas para la muerte que para el nacimiento, porque donde tenemos acumulado y en cierto modo sintetizado el valor de toda la vida es en el momento de la muerte. Es el cierre y el balance. Según ha valido la vida de esa persona, así se celebra su muerte. Y eso que entendemos tan claramente respecto a nosotros mismos, es exactamente igual con respecto a los animales. De un animal celebramos su casta, sus hechuras, su salud, su vigor. Y todo eso lo celebramos en el sacrificio, que es el momento en que ese animal se nos entrega. Pero si ese animal no es presentable, ni siquiera merecerá el honor de un sacrificio: se le matará clandestinamente, porque no hay nada que lucir ni de que presumir.

Siendo la nuestra una cultura que vive de espaldas a la muerte, hasta el punto de evitar incluso nombrarla y procurar por todos los medios ocultarla, se nos hace difícil mirarla de cara. Y no sólo nuestra muerte, sino incluso la de los animales con los que mayor contacto tenemos. Se nos quiere hacer ver que, carnívoros como somos, la carne llega a nuestras mesas sin que los animales de los que proceden, hayan tenido que pasar por el matadero. Es el modernísimo empeño de ocultar la muerte para así poder negarla mejor. Pero esto es tan sólo una extravagancia más de la modernidad; que por otra parte sirve para ocultar las aberraciones que se cometen con la vida.

Es que en todas las culturas y civilizaciones, la manera más ostentosa y perceptible de rendir culto a la vida es rindiendo culto solemne a la muerte. En primer lugar porque sobre la muerte de unos se edifica la vida de otros. Esa es la percepción; aunque la realidad es que la vida de los unos se edifica sobre la vida entera de los otros, que sólo gracias a la muerte culmina y queda disponible.

En la naturaleza es evidente que los carnívoros viven de la vida de los herbívoros: no de la muerte por sí misma desligada de la vida, porque es un imposible metafísico. De ahí que la naturaleza tenga maravillosamente previsto que quien quiera vivir de la muerte de otro, ha de respetar su vida. El carnívoro que se provee de un rebaño de herbívoros, lo último que hace es maltratar al rebaño. Porque si bien es cierto que vive de la muerte de cada uno de los animales que caza, es también cierto que vive de la vida que le ha dado el rebaño a cada uno de los animales. La presa sufrirá la muerte, pero no como un acto de maldad, sino como sacrificio necesario para darle sentido a la vida. El máximo sentido de esa vida es el de servir de sostén a la vida del sacrificador. Así es: tanto en la naturaleza salvaje como en la cría de animales en cautiverio, el máximo sentido de la vida de cada animal es servir de sostén a la vida del sacrificador. Ésa es, tanto en un ámbito como en otro, la auténtica «muerte natural».

Y resulta que tanto en la naturaleza (en la predación natural) como en la ganadería que merece tal nombre, es en el momento de dar muerte a cada animal, cuando se patentiza el respeto a su vida. Son las normas sagradas del sacrificio las que lo garantizan.

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