LA CULTURA DE LA LECHE CONTRA LA CULTURA DE LA SANGRE

¿Y tú qué prefieres, vivir como una vaca o morir como un toro? Esa es la pregunta clave para centrar el tema: o dicho de otro modo, vivir ordeñado toda la vida, mantenido en pie por la industria de la salud, muriendo en la cama asistido por esa misma industria; o por el contrario, vivir toda la vida como el toro, y morir en una corrida. De hecho la disyuntiva en que se ha movido la humanidad, es: ¿Cultura de la sangre o cultura de la leche?

La sangre, obviamente, paradigma de la caza como forma de conseguir la comida; y la leche como alegoría de explotación de los animales en vez de sacrificarlos de inmediato. Y en cuanto a la relación humana, la sangre en función de paradigma de la guerra; y la leche como símbolo del trabajo y de la explotación. En resumen: ¿qué vida prefieres para ti, la del toro o la de la vaca? Y para la sociedad, ¿qué prefieres? ¿La vida corta de nuestros antepasados, que no morían en la cama sino en el campo de batalla, porque no estaban dispuestos a que les ordeñase nadie; o la vida larga de la vaca, ordeñado a todo lo que den de sí tus ubres, y finalmente morir en la cama, quizá tras un período de decrepitud?

La pregunta es bien sencilla, y la respuesta de la inmensa mayoría, también. La educación que hemos recibido no nos da opción. Es cosa del tiempo que vivimos. Hemos sido educados para vivir ordeñados toda la vida y morir en la cama: ése es nuestro ideal. Pero al menos para tener con quién compararnos, igual que comparamos la vida de la vaca con la del toro, nos conviene recordar que no siempre fue así; y que tampoco lo es en la naturaleza salvaje que tanto admiramos. Cuando el hombre estaba más cerca de la naturaleza, quien tenía el valor de afrontar las batallas propias de la vida, prefería morir desangrado en el campo de batalla en defensa de su libertad, sin importarle a qué edad, que vivir largos años exprimido por el guerrero que le había hecho cautivo.

Eran muchos más los que preferían vivir y morir como el toro, que vivir y morir como la vaca o como el buey. Pero tal como el progreso fue haciendo que los guerreros perdieran su individualidad para organizarse en máquinas de guerra cada vez más poderosas, fue creciendo el número de los cautivos condenados a llevar una vida de vacas ordeñadas por su amo, o de bueyes uncidos al arado, al carro y a la noria. El hecho es que tal como se iba endureciendo la guerra y haciéndose más temida (una potentísima máquina de robar y matar), se fue suavizando la esclavitud, de manera que dejó de ser tan temible. De ahí que cada vez fuera más común que el vencido en la guerra prefiriese ser hecho prisionero y luego explotado como esclavo, que perder la vida en la batalla. No nos escandalicemos: también hoy son más los que prefieren ser siervos del Estado o de una empresa que les resuelva la vida (¡que les dé la manutención!), que asumir riesgos peleando por su cuenta.

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